

























Desde muy temprana edad descubrí el valor de trabajar con las manos. Crecí en un entorno donde el oficio y la creatividad formaban parte de la vida cotidiana: mi madre, Liliana, modista, y mi padre, Guillermo, orfebre, fueron mis primeras fuentes de inspiración. De él heredé no solo el oficio, sino también la pasión por transformar materiales en piezas únicas.
A mis veintitantos años comencé a acompañarlo en su local de la calle Maipú, en la ciudad de Rosario. Allí entendí que la orfebrería no es solo una técnica, sino un camino que se construye con paciencia, dedicación y tenacidad. Cada pieza requiere tiempo, precisión y, sobre todo, respeto por la historia que representa.
Hoy, con más de 40 años en el rubro familiar y dos décadas dedicadas de lleno a la orfebrería, continúo vigente en este arte que me define. Me especializo en la fabricación de joyas personalizadas, creando piezas únicas que reflejan la identidad y los momentos importantes de cada persona. También ofrezco servicio de reparación de joyas, devolviéndoles vida y valor a objetos cargados de significado.
Más allá de lo comercial, esta profesión me ha regalado algo invaluable: ser parte de historias de vida. Cada anillo, cada cadena, cada joya que pasa por mis manos tiene un significado especial, y mi compromiso es honrarlo en cada detalle.
Crear, restaurar y acompañar momentos: eso es, para mí, la verdadera esencia de la orfebrería.